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Suplemento de cultura

Servidumbre estructurada: la anatomía de una sociedad humillada

GFG

La paradoja de la servidumbre en la frágil democracia albanesa es producto de la interacción estructurada entre las estructuras de poder, la cultura política y las condiciones socioeconómicas, que provocan que el juicio moral autónomo, guiado por principios éticos, sea reemplazado por una sumisión indigna a la autoridad, impulsada por la necesidad de beneficio personal.

El fenómeno de la servidumbre estructurada no es exclusivo de las sociedades monárquicas. A menudo constituye una de las características esenciales del funcionamiento de las democracias liberales frágiles. Este caso también se observa en las democracias de los dos estados albaneses: Kosovo y Albania. ¿Qué factores determinan la capacidad de la servidumbre para funcionar como un mecanismo estructurado dentro de la vida institucional y social albanesa?

Falsa servidumbre y fe

En la comedia “Tartufo”, Molière aborda el tema de la hipocresía, la falsa servidumbre y la ceguera ante las apariencias. Orgón, un acaudalado parisino, cae completamente bajo la influencia de Tartufo, un hombre que finge ser extremadamente piadoso y moral. La relación entre la falsa servidumbre de Tartufo y el autoengaño de Orgón no es simplemente una relación entre engañador y víctima, sino la encarnación de una dinámica de poder donde cada uno produce y fortalece al otro. La estructura de poder en “Tartufo” es la condición que posibilita la interacción entre servidumbre y autoengaño. La servidumbre de Tartufo cobra efectividad porque se apoya en la autoridad incuestionable de Orgón, mientras que el autoengaño de Orgón se ve reforzado por un orden jerárquico que lo aísla de la crítica. La fe ciega de Orgón en Tartuffe constituye un fallo de su juicio moral sobre la realidad en la que se encuentra, porque renuncia fácilmente a la responsabilidad de evaluar el carácter y las intenciones de las acciones de Tartuffe.

La relación entre la falsa servidumbre de Tartuffe y la fe de Orgon no es una relación entre autosuficiencia y falta de autosuficiencia de la conciencia —amo y esclavo— que, según la dialéctica hegeliana, puede conducir a la emancipación, al desarrollo de la conciencia hacia la libertad a través del trabajo y la autoformación del «esclavo» (GWF Hegel, «La fenomenología del espíritu», traducido por Terry Pinkard, Cambridge University Press, 2018, pp. 113-116). Por el contrario, es una relación que obstaculiza la emancipación. Tartuffe no es el «esclavo» hegeliano, sino un manipulador que explota la dependencia psicológica de Orgon. La humildad de Tartuffe no tiene nada en común con la armonía, entendida como un principio de fortaleza interior que garantiza el respeto por los demás, sin perder la integridad ni el sentido de la autoestima. Mientras que en las tradiciones filosóficas del Lejano Oriente el ego se concibe como un obstáculo para el cultivo de la virtud moral de la humildad, como capacidad de autocontrol, dignidad y sabiduría, la humildad de Tartuffe está impulsada por necesidades egoístas, que constituyen el centro del significado de su existencia.

El servilismo como fenómeno social estructurado

Las relaciones de dominación y sumisión en la comedia de Molière, «Tartufo», no son producto del uso directo de la fuerza, sino del poder simbólico, que Pierre Bourdieu concibe como «un poder invisible que se ejerce únicamente con la cooperación (o interacción) de quienes no quieren saber que están sujetos a él, o incluso de quienes no lo ejercen» (Pierre Bourdieu, «Lenguaje y poder simbólico», Polity Press, Cambridge, 1991, p. 164). Debido a su invisibilidad, el poder simbólico, a través de las instituciones (educación, cultura, medios de comunicación, etc.), las normas y los valores, crea la convicción de que el orden social existente es natural y legítimo. De esta forma, actúa e influye en el habitus social, entendido como un sistema de tendencias, actitudes y formas de actuar que el individuo adquiere a través de su posición social, educación, experiencia vital, etc. En un contexto donde el poder simbólico moldea el habitus, y el habitus reproduce el poder simbólico, la servidumbre no se presenta como un rasgo moral o psicológico aislado del individuo, sino como un fenómeno social estructurado.

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El fenómeno de la servidumbre estructurada no es exclusivo de las sociedades monárquicas. A menudo constituye una de las características esenciales del funcionamiento de las democracias liberales frágiles. Este caso también se observa en las democracias de los dos estados albaneses: Kosovo y Albania.

¿Qué factores determinan la capacidad de la servidumbre para funcionar como un mecanismo estructurado dentro de la vida institucional y social albanesa?

El servilismo, como fenómeno estructurado dentro de la práctica social e institucional albanesa, es una forma de reproducción de relaciones de dominación, en la que los individuos internalizan la obediencia a la autoridad como una estrategia normal de existencia a través del habitus patrimonial. El habitus patrimonial, como mecanismo mediador entre estructura y acción, es la matriz internalizada de la cultura política patrimonial, que, moldeada por el poder simbólico y reproducida mediante la socialización, orienta a los individuos a percibir la autoridad como una fuente personal de poder, la lealtad como una virtud política y la sumisión como una estrategia normal de existencia. De esta manera, constituye el principal mecanismo de reproducción de la servidumbre estructurada.

El fenómeno de la servidumbre estructurada en la frágil democracia albanesa es producto de la contradicción estructural que existe entre las instituciones políticas y la cultura política albanesa. En ambos estados albaneses, en apariencia, las instituciones democráticas funcionan sobre la base de reglas y normas jurídicas democráticas: la separación de poderes, las elecciones libres y la Constitución; pero no se basan en una cultura política democrática, donde la crítica debería considerarse parte necesaria de la vida democrática y donde la lealtad se dirigiría a las instituciones, no a los sujetos políticos o individuos.

Las prácticas albanesas de organización social e institucional reconocen dos modelos dominantes de gobierno: el monárquico y el comunista. Estos modelos han influido profundamente en la configuración del habitus, como sustancia de la cultura política, que continúa manifestándose de diversas formas dentro de la práctica de la frágil democracia albanesa. El habitus patrimonial, derivado de la cultura colectivista patriarcal albanesa, es una forma de habitus históricamente estructurada que, en su momento moldeada por el poder simbólico de la monarquía y el comunismo albaneses, y hoy por el poder simbólico de la democracia formal, orienta al ciudadano hacia la lealtad personal, el clientelismo y la dependencia de la autoridad, lo que hace que las relaciones patrimoniales se perciban como el orden normal de la vida política e institucional. De esta manera, la dominación, de una obligación externa, se transforma en una tendencia interna a actuar de acuerdo con las reglas y jerarquías existentes. El habitus patrimonial ha influido y sigue influyendo en el ciudadano albanés para que conciba el poder como propiedad personal de los líderes (jefes, líderes políticos y líderes institucionales). valorar la lealtad al individuo por encima del respeto a las instituciones y, en lugar de la meritocracia, depender de redes de conexiones personales y grupales para asegurar los recursos.

La contradicción entre las instituciones democráticas y la cultura política patrimonial.

En el contexto de la contradicción entre las instituciones políticas y la cultura política patrimonial, la autoridad racional-legal se subordina a la autoridad tradicional, es decir, al poder de un individuo o de una élite gobernante (económica, política, mediática, cultural, científica, etc.). En la vida institucional y social albanesa, el habitus patrimonial constituye la base del consenso común sobre las categorías de percepción y comprensión de la relación del individuo con el Estado. 

«Mediante los marcos que impone a las prácticas sociales, el Estado —dice Bourdieu— establece e inculca formas y categorías comunes de percepción y evaluación, marcos sociales de percepción, comprensión y memoria... Crea las condiciones para una especie de orquestación inmediata del habitus, que constituye la base misma del consenso sobre este conjunto de evidencias compartidas que conforman el sentido común nacional» (Pierre Bourdieu, Razón práctica: Sobre la teoría de la acción, Stanford University Press, Stanford, California, 1998, p. 54). A través del habitus patrimonial, la servidumbre en las frágiles democracias albanesas se ejerce no solo por miedo, sino principalmente mediante la internalización de relaciones de sumisión dóxica a las expectativas de la autoridad. Debido a la «orquestación del habitus patrimonial», en la vida institucional y social albanesa se ha vuelto completamente natural que el Estado y las instituciones públicas sean percibidos y evaluados no como estructuras autónomas, basadas en normas generales y principios impersonales, sino como extensiones de la voluntad del líder o de la élite gobernante. 

En la vida institucional y social albanesa, la lógica del dominio de la autoridad individual sobre la institucional ha legitimado y normalizado la servidumbre como un comportamiento completamente «natural». En la cultura política patrimonial albanesa, los cargos y funciones públicas no se perciben como responsabilidades institucionales, sino como instrumentos para construir redes de apoyo y dependencia. Los ciudadanos, debido a su posición en la estructura social, sostenida por el habitus patrimonial, cultivan tendencias internalizadas que les permiten adaptarse fácilmente a las expectativas de la autoridad. Ya sea individualmente o en grupo, sin ninguna obligación directa, mediante un acuerdo tácito e inmediato, ofrecen voluntariamente su sumisión, convencidos de que tal comportamiento es normal y beneficioso. Por otro lado, la autoridad patrimonial utiliza el poder público como fuente para asegurar y recompensar la lealtad. Ofrece privilegios y oportunidades a sus «leales» a cambio de apoyo, mientras que los «clientes» ofrecen obediencia, lealtad y apoyo a la autoridad patrimonial pública.

En la cultura política patrimonial, el nepotismo no se percibe como una práctica ajena, pues está integrado en su propia lógica de control y subordinación. Por el contrario, se legitima como una forma normal de organizar las relaciones de lealtad y dependencia. Por otro lado, debido al profundo grado de adaptación a las expectativas de la autoridad dominante, la crítica, como capacidad de juicio autónomo, se considera peligrosa para el ciudadano. Así, por ejemplo, los empleados de las instituciones públicas, educativas, culturales y científicas albanesas, aun cuando identifican las injusticias de sus líderes, en la mayoría de los casos no se oponen a ellas. No actúan así solo por temor al castigo o a la pérdida de privilegios, sino también porque la cultura organizacional, orientada por el habitus patrimonial, les ha enseñado que la obediencia a la autoridad es el comportamiento "correcto". Esto demuestra, al mismo tiempo, hasta qué punto el poder simbólico, derivado del habitus patrimonial, ha ejercido su influencia en la configuración y el correcto funcionamiento de la "integración y solidaridad social" de los serviles dentro de las relaciones de dependencia y dominación en la vida institucional y social albanesa.

La normalización de la servidumbre en la vida institucional albanesa

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Las prácticas heredadas y creadas por la autoridad del poder patrimonial, dentro del marco formal de la democracia liberal albanesa, han generado y cultivado relaciones modernas del tipo «gobernante-subordinado». El problema de la falta de percepción de la dependencia en la democracia formal albanesa radica en que esta no se produce ni se mantiene mediante la coerción física directa, sino a través del control de los recursos, las oportunidades, las redes de conocimiento y el capital simbólico de quienes detentan el poder. De esta manera, la dependencia social, económica y simbólica hace que el poder sea sostenible y reproducible.

El Estado mantiene y reproduce la centralización de recursos y oportunidades existenciales a través del mecanismo burocrático, en cuyo caso el ciudadano, para recibir lo que le corresponde, se ve forzado a humillarse y someterse a la autoridad del poder. Mediante la burocracia, la autoridad del poder se despersonaliza. Ya no es un sujeto concreto, sino un sujeto abstracto; sin dirección, no porque la dirección no exista físicamente, sino porque se multiplica y, al mismo tiempo, se multiplica. Esta multiplicación es el mecanismo que mistifica la humillación institucional del ciudadano. Para recibir lo que le corresponde, el ciudadano se ve forzado a «ganárselo» como un «favor» de un sujeto concreto dentro del mecanismo estatal burocrático. Para lograrlo, consciente o inconscientemente, el ciudadano, como ser moral, se ve forzado a violar su deber moral consigo mismo: adular, humillarse, someterse y servilmente. El ciudadano humillado, para evitar una mayor humillación, recurre paradójicamente a diversas formas de servilismo que lo hunden aún más en el vórtice de la humillación.

Esta paradoja de la servidumbre en la frágil democracia albanesa es producto de la interacción estructurada entre las estructuras de poder, la cultura política y las condiciones socioeconómicas, que provocan que el juicio moral autónomo, guiado por principios éticos, sea reemplazado por una sumisión indigna a la autoridad, impulsada por la necesidad de beneficio personal. Una sociedad decente no se mide solo por la existencia de instituciones de justicia, sino también por el hecho de que sus instituciones evitan humillar a las personas, al no obligarlas a ser serviles. «Una sociedad decente —afirma Avishai Margalit— es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas. Distingo entre una sociedad decente y una sociedad civilizada. Una sociedad civilizada es aquella cuyos miembros no se humillan mutuamente, mientras que una sociedad decente es aquella en la que las instituciones no humillan a las personas» (Avishai Margalit, «La sociedad decente», Harvard University Press, Cambridge, 1996, p. 1). En el contexto de la servidumbre estructurada en la vida institucional y social albanesa, la humillación es vertical y horizontal. En la coordenada vertical de la organización de la vida institucional albanesa, la humillación es institucional, mientras que en la coordenada de la organización de la vida social, la sociedad se convierte en presa del insulto. Si bien el insulto consiste en violar el honor social del individuo, la humillación institucional tiene como objetivo la dignidad humana del individuo. (Para la diferencia entre insulto y humillación institucional, véase: Avishai Margalit, ibid., pp. 41-48). La humillación institucional sitúa sistemática y continuamente al ciudadano en una posición inferior, transmitiéndole el mensaje de que, como ser humano, carece de valor o es menos digno de respeto. Este mensaje es internalizado por quienes, para obtener favores inmerecidos, renuncian a su autonomía moral, pero no por quienes, en defensa de su libertad interior, rechazan cualquier tipo de favor o aprobación externa.

Lo libre y lo clientelista

En función del papel que desempeñan los grupos sociales en el control de los recursos materiales y la distribución de la riqueza general, las sociedades se han analizado sociológicamente a través de diversas divisiones de clase, en particular mediante la distinción entre las clases privilegiadas y las económicamente marginadas: los pobres y los ricos.

Sin embargo, puede afirmarse que el predominio del habitus patrimonial en la relación entre la cultura política y la democracia formal albanesa ha generado una división social basada en orientaciones morales: a) quienes preservan la autonomía moral, la dignidad y el respeto propio (personas libres); y b) quienes, por beneficios y favores egoístas, renuncian a la autonomía moral y al respeto propio (clientelistas). En la práctica social albanesa, estas dos orientaciones morales han dado lugar a dos modos fundamentales de acción social: la orientación creativa y la orientación clientelista. Mientras que el grupo de individuos creativos, guiados por el principio de autonomía moral y respeto propio, se rige por la ética laboral, la responsabilidad hacia sí mismos y hacia los demás, así como por el deseo de crear valor, el grupo de individuos clientelistas se orienta hacia el beneficio material y el prestigio social, sin basarse en el mérito, el trabajo ni la responsabilidad moral. Los clientelistas, al separar el beneficio de los principios éticos de la acción, no aceptan la existencia de una obligación moral más allá de su interés personal. Para ellos, la distinción entre el bien y el mal pierde su significado cuando entra en conflicto con los intereses del lucro y el favoritismo. Por el contrario, los creadores, guiados por la razón ética, vinculan el valor de la acción humana con la integridad, la responsabilidad y la creación del bien común. Para las personas con inclinaciones creativas, el bienestar y el reconocimiento social son consecuencias directas de sus habilidades creativas, su trabajo y su dignidad. En cambio, las personas con una orientación clientelista caen fácilmente presa del deseo de bienestar y prestigio sin fundamento alguno, buscando resultados que no provienen de la capacidad creativa, sino de la explotación de oportunidades, relaciones y posiciones de poder.

Esta distinción también abarca la diferencia entre las formas de construir la autoestima. Los individuos libres, con una orientación creativa, la construyen sobre la base de la autonomía moral, la capacidad de actuar y la realización personal a través de la creación. En cambio, los individuos con una orientación clientelista la construyen principalmente sobre el reconocimiento y el aprecio que reciben de los demás, así como sobre el prestigio y los privilegios que les otorga su posición social. En este sentido, los clientelistas buscan la satisfacción inmediata de las necesidades del ego mediante recursos externos, mientras que la existencia de los creadores se fundamenta en la voluntad de crear vida, en el desarrollo de las capacidades humanas y en el fortalecimiento de la sostenibilidad de la vida sobre los valores de la libertad, la dignidad y la humanidad.

En la sociedad albanesa, donde el habitus patrimonial y las relaciones clientelistas son extremadamente fuertes, las diferencias de clase no desaparecen realmente, sino que a menudo se disimulan mediante la creación de una nueva forma de solidaridad, no basada en valores cívicos o intereses sociales comunes, sino en tendencias clientelistas. De este modo, la solidaridad de clase tradicional se ve cada vez más sustituida por la solidaridad de redes de beneficio, dependencia e intercambio de privilegios. En esta realidad, el lema tradicional «¡Proletarios de todos los países, uníos!» adquiere un significado invertido: se sustituye simbólicamente por un llamamiento a la unificación de los individuos en torno a la lógica del beneficio: «¡Albaneses de todas las clases sociales, de todas las regiones, partidos políticos, afiliaciones religiosas y culturales, uníos en la formación del clientelismo!».

Los clientelistas, como agentes sociales, amortiguan la contradicción entre la cultura política y la democracia formal albanesa. Son los garantes de la estabilidad y la sostenibilidad de la relación gobernante-subordinado, que reproduce la humillación. Los creadores, es decir, los individuos libres, en el contexto del predominio de la lógica clientelista, son percibidos como peligrosos porque promueven y apoyan un cambio progresista y liberador, que entra en conflicto con el orden gobernante-subordinado “normalizado”.

conclusión

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El debilitamiento de las relaciones morales propicia la aparición y propagación de diversas formas de humillación. La aspiración voluntaria a adquirir la condición de servilismo, como principio organizador de las relaciones sociales, no constituye únicamente una deformación moral individual. Es síntoma de una crisis moral más profunda en la sociedad y las instituciones estatales albanesas, donde el éxito se desvincula del mérito, el privilegio sustituye a la responsabilidad y las relaciones de dependencia se valoran más que la autonomía moral del individuo.

Una sociedad democrática no se mide únicamente por la existencia formal de instituciones, sino también por su capacidad para garantizar la dignidad humana y evitar la generación de relaciones de humillación y subyugación. La lucha contra la servidumbre estructurada, como fuerza generadora de diversas formas de humillación, está estrechamente ligada al proceso de transformación de la cultura política y moral de la sociedad. Esta transformación debe comenzar con la recuperación de la relación dañada entre la moral política y la conciencia democrática del poder, como condición para reconstruir la relación entre la moral social y la esfera pública. Esta lucha moral constituye un intento de desvincular la cultura política del habitus patrimonial, mediante el fortalecimiento de instituciones independientes, la meritocracia, la educación crítica, la transparencia y una nueva concepción del ciudadano como sujeto activo, autónomo e igualitario, y no como subordinado de la autoridad.