Apoya a TIME. Preserva la verdad.
Opinión

¡Cuando los fracasados ​​políticos y mediáticos se convierten en portavoces públicos del odio!

En un momento en que las redes sociales se han convertido en plataformas para la autocomplacencia pública y la denigración y anatematización de figuras públicas, el discurso de odio ha comenzado a reemplazar toda norma de comunicación cívica.

Lo que antes era un debate constructivo con nobles intenciones, ahora se ha convertido en una calumnia; lo que antes era una discusión, ahora es un anatema.

El diagnóstico sociológico de este fenómeno es alarmante: una sociedad que fomenta la denigración y el conflicto verbal, no sólo en sus comunicaciones interpersonales y familiares cotidianas, sino también en las públicas, tiende lenta pero seguramente a erosionar no sólo el código de conducta moral que había construido con plenos sacrificios en el pasado, sino también a desmantelar, cuestionar e incluso destruir el nuevo código institucional que estamos construyendo juntos.

1. Cuando el protagonismo se vuelve patógeno

Últimamente, además de algunos políticos, moderadores y profesores fracasados ​​convertidos en (b)analistas, a esta denigrante experiencia se han sumado algunos pseudoperiodistas y exdiputados "accidentales" que, al utilizar un lenguaje denigrante y despectivo -el discurso del odio-, se han convertido en un modelo de libertinaje público.

además Opinión El “divorcio” entre Kurti y Osmani, la psicología de masas y el salvajismo del discurso público en las redes sociales

La tragedia de este alboroto llega tan lejos que su lenguaje denigrante y despectivo, que en la mayoría de los casos va acompañado de emociones vengativas y justificaciones "moralizantes" banales, se vuelve tan monótono que corre el riesgo de instalarse como un nuevo estándar y norma "democrática". Toda esta "promoción" sociocultural, sin precedentes en nuestra cultura y tradición de comunicación social, se identifica en la "imaginación" sociológica como una cultura de la cancelación, que en albanés significa un "consumo" sistemático, o una actitud pública siempre permisiva hacia ciertos grupos e individuos, que abusan de su estatus, ya sea en las redes sociales o en otras formas de comunicación masiva. Esencialmente, esta cultura de anatematización y permisividad no busca la justicia, sino la humillación. No juzga la acción, sino a la persona. Y, en consecuencia, crea una espiral de desprecio que transforma a la opinión pública en un juez colectivo completamente carente de racionalidad, sentimientos emocionales y criterios éticos y morales.

2. Del debate al linchamiento público

Tales pronunciamientos, cargados de frustraciones y complejos personales y colectivos, suelen provocar irritación y una reacción masiva en la opinión pública. Esta ira pública, alimentada por las redes sociales, también puede tener consecuencias sociales inesperadas, como fue el caso del "accidente" del diputado Armend Zemaj, o los llamamientos públicos a la conversión, ¡en un momento en que Europa lleva dos siglos construyendo una sociedad secular y laica!

Estas consecuencias a menudo se convierten en llamados al linchamiento, donde se le pide al individuo "equivocado" que renuncie al estatus o los privilegios que posee.

De esta manera, la red se transforma en una arena de “castigo moral”, donde la gente no busca la reflexión racional, sino el castigo draconiano, no busca la verdad, sino el espectáculo de la humillación y denigración del otro.

además El lenguaje despectivo, reflejo de la mentalidad arraigada en la sociedad, dicen los sociólogos Arberi El lenguaje despectivo, reflejo de la mentalidad arraigada en la sociedad, dicen los sociólogos

3. Cuando la cultura de la vergüenza es sustituida por la cultura del desprecio

En nuestra sociedad tradicional, la cultura de la vergüenza tenía una función disciplinaria: mantenía el orden, la cohesión familiar y la armonía como una herencia que se basaba y reconstruía sobre principios morales y ética social.

Hoy en día, esta norma ha sido reemplazada por una "cultura del desprecio", donde el hombre intenta hacerse visible a través del protagonismo y el conflicto, y no a través de la virtud y los valores éticos y morales. El hombre moderno, al ser más libre para elegir su forma de comunicación, también se ha vuelto más propenso y ávido de protagonismo ofensivo, una tendencia que se alimenta y estimula mucho más por la pasión, los "me gusta", los seguidores y la viralidad, que por la necesidad de protagonismo de la belleza, la nobleza, la caridad, la justicia y el estado de derecho. Según los científicos culturales, este tipo de pasión, o pasión loca y desorientada por la búsqueda de atención, es mucho más dañina que las conductas desviadas clásicas, como la delincuencia, la corrupción, el robo, etc., porque transmite un nuevo modelo patológico de comunicación pública en sociedades en transición como la nuestra.

P. D.: No nos confíemos; una sociedad que normaliza el lenguaje del odio y la denigración pública no puede construir instituciones de paz, seguridad ni estabilidad. Porque estas sociedades, infestadas de estos "virus" perversos, están indudablemente destinadas a perder su brújula moral y, como un cuerpo que se rechaza a sí mismo, comienzan a infectarse y enfermar desde dentro. Por lo tanto, el lenguaje pacífico y la solidaridad orgánica, además de haber demostrado ser el argumento más poderoso para la salud mental de una sociedad democrática, son también el medio más poderoso para preservar la cohesión estatal y nacional.

además Defensor del Pueblo: Uno de cada ocho comentarios en redes sociales contiene discursos de odio Arberi Defensor del Pueblo: Uno de cada ocho comentarios en redes sociales contiene discursos de odio

Considerando que el lenguaje del odio y la denigración es el virus más peligroso de la división estatal, religiosa y nacional.