Aleksandar Vučić parece dispuesto a hacer todo lo posible para combinar sus motivaciones políticas internas con sus intereses personales con el fin de sobrevivir en el poder. Su política exterior, en un contexto global radicalmente cambiado, se asemeja cada vez más a una construcción inestable, como piernas quemadas que apenas pueden soportar el peso. Es una estrategia extraña, basada en el principio de promesas vagas, negociación política y regalos selectivos: una lógica donde el Estado se identifica con un solo hombre, mientras que los ciudadanos no tienen nada que decir.
Vučić refuerza su posición como "defensor" de Serbia según sus necesidades personales, interpretando el papel del presidente ofendido que se niega a reunirse con los eurodiputados, pero que al mismo tiempo no duda en abrazar a Viktor Orbán e involucrarse abiertamente en la campaña electoral del primer ministro húngaro. Estas elecciones, según este cálculo, también son de importancia directa para su futuro político.
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Carta al lector: Por qué solicitamos su apoyo ContribuirSin embargo, a diferencia de estos mensajes políticos, que podrían pasar desapercibidos sin grandes reacciones internacionales, es improbable que las últimas acusaciones y amenazas de Vučić contra Estados Unidos pasen desapercibidas. Su retórica, que incluye acusaciones de "golpe de Estado" e injerencia extranjera, marca una peligrosa escalada que sitúa a Serbia en una situación de colisión con sus socios occidentales.
Según esta interpretación crítica, todo comienza cuando Vučić ve y comprende cómo terminan los dictadores, desde Nicolás Maduro hasta muchos otros antes que él. El temor a un escenario similar parece impulsarlo a una retórica cada vez más radical y a maniobras políticas desesperadas, profundizando el caos interno y el aislamiento internacional de Serbia.
En este contexto, las acusaciones contra Israel y Estados Unidos no parecen parte de una estrategia estatal coherente, sino más bien un reflejo de la incertidumbre política y el miedo personal a perder el poder: una clara señal de que la crisis del régimen en Belgrado está entrando en una fase cada vez más peligrosa.
Sin imaginar que semejante escenario le pudiera ocurrir, Aleksandar Vučić, fingiendo valentía y actuando como un estadista invencible, acusó a Estados Unidos e Israel de un "golpe de Estado" en Irán. Fue aún más lejos, estableciendo paralelismos entre las protestas en Irán y las protestas contra el régimen en Serbia, situándolas en el mismo marco ideológico y propagandístico.
Es prácticamente inexistente en la historia diplomática que el presidente de un país pequeño acuse públicamente a los servicios de inteligencia más poderosos del mundo de sucesos ocurridos en una región completamente distinta del planeta. Sin embargo, Vučić ha declarado sin titubeos que los dramáticos acontecimientos en Irán son resultado de un golpe de Estado organizado por la CIA y el Mosad. En términos políticos, esto significa que ve las protestas en Irán como una analogía de lo que él llama la "revolución de color" en Serbia: traidores nacionales, mercenarios extranjeros y espías.
Con esta retórica, Vučić juega peligrosamente con la estabilidad y los intereses de Serbia. Además, sus declaraciones también sirven como justificación indirecta de la brutal violencia ejercida por el aparato represivo iraní —Jamenei, el Basij y la Guardia Revolucionaria— al relativizar la responsabilidad de la represión y de las víctimas.
La comparación con 1953 y el derrocamiento del primer ministro iraní Mohamed Mossadegh representa un marco propagandístico clásico del discurso antiestadounidense y antioccidental. Dicho discurso, en Washington y Tel Aviv, puede percibirse como una acusación política directa, formulada sin hechos ni argumentos sólidos. Con declaraciones tan poco diplomáticas sobre la implicación de la CIA y el Mossad en los sucesos de Irán, Vučić corre el riesgo de enfrentar a dos de los servicios de seguridad más poderosos del mundo contra Serbia.
Solo un político irresponsable pondría la pata con tales estructuras de inteligencia. Pero esto, según esta interpretación crítica, no es en absoluto accidental. Estas declaraciones tienen una clara función interna: están dirigidas al público nacional y encajan en la narrativa tradicional del régimen sobre las «grandes potencias que derrocan la soberanía de los Estados». En este esquema, Serbia se identifica con Irán como víctima de una conspiración global.
Al mismo tiempo, Vučić intenta desviar la atención de la rebelión estudiantil en Serbia y de las declaraciones estadounidenses que han calificado al país como un estado con graves problemas de delincuencia y corrupción. En este contexto, la retórica radical extranjera no se presenta como una política estatal deliberada, sino como un instrumento para la supervivencia política y el control de la narrativa nacional.
Se espera que Estados Unidos publique los nombres de personas en Serbia vinculadas al crimen organizado, la corrupción y las violaciones sistemáticas del Estado de derecho para finales de marzo. En este contexto, se prevé imponer sanciones a lo que se describe como el "pulpo criminal" del régimen, una medida que podría sacudir gravemente los cimientos del poder político y marcar el principio del fin de un prolongado régimen autocrático y mafioso centrado en la figura de su líder.
La paciencia de los actores internacionales hacia actores inestables y poco fiables se está agotando rápidamente. Las señales provenientes de Washington indican que la política de tolerar comportamientos destructivos, dobles tratos y retórica engañosa ha llegado a su límite.
En esta imagen, Serbia se presenta como un paciente grave que rechaza la ayuda profesional europea, mientras es "tratada" con ilusiones y el culto a un autoproclamado salvador. Irónicamente, este papel se atribuye a Aleksandar Vučić, a quien se compara aquí con un popular curandero televisivo, más símbolo de engaño que de solución. Una metáfora contundente pero significativa para un país que se aleja de la terapia institucional y se hunde cada vez más en una crisis política, moral y democrática.
(El autor es periodista y analista político)