Sufrieron atrocidades y sufrimientos inconmensurables: como supervivientes del Holocausto, continuaron sirviendo como testigos presenciales, desempeñando un papel esencial, desde el final de la Segunda Guerra Mundial en Alemania.
Ahora, los últimos supervivientes del Holocausto fallecen de vejez. La responsabilidad de su legado pasa gradualmente a manos de diversas instituciones. No es un proceso fácil.
Si bien los testigos oculares ofrecen solo una de las muchas perspectivas de la historia, a nivel personal tienen una función correctiva y siguen siendo importantes recordatorios del pasado.
«¡Nunca más!» Este juramento está grabado en piedra, en diferentes idiomas, en el memorial del antiguo campo de concentración de Dachau. Es la directriz central de la política interior y exterior alemana: oponerse al antisemitismo, defender el derecho de Israel a existir, recordar las crueles decisiones y acciones de los nazis y de quienes los apoyaron.
La exposición «¿Fin del testimonio?», que se podrá visitar en la Nueva Sinagoga del 7 de julio de este año al 8 de enero de 2023, aborda la cuestión de cómo los museos, los sitios conmemorativos y otras instituciones pueden gestionar de forma responsable los testimonios escritos y las entrevistas en vídeo de los supervivientes. Es fruto de la colaboración entre el Museo Jesuita de Hohnems, el memorial del campo de concentración de Flossenbürg y la Fundación Nueva Sinagoga de Berlín. La exposición también sitúa los testimonios en un contexto histórico: en Alemania, los supervivientes no empezaron a hablar con mayor frecuencia hasta la década de 1980.
Anita Lasker-Wallfisch, entonces veinteañera, habló en una entrevista con la BBC en 1945 como una de las pocas supervivientes del Holocausto. Un hito importante se sentó también al final de la guerra gracias a la Comisión Central Judía, fundada en Lodz en 1944: entre 1944 y 1947, realizó cientos de entrevistas con supervivientes y elaboró guías y cuestionarios para tratar con los entrevistados traumatizados.
Los horrores de los campos de concentración en Europa del Este fueron documentados principalmente por el Ejército Rojo, las fuerzas armadas de la antigua Unión Soviética, que, entre otras cosas, liberaron el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.
Varios fotógrafos de prensa occidentales también contribuyeron a documentar el período. Son muy conocidas las fotografías tomadas tras la liberación del campo de concentración de Buchenwald por Eric Schwab y Meyer Levin para la agencia de noticias francesa France Presse.
Pero hasta la década de 60, los testigos oculares y sus informes servían principalmente como prueba legal, ya fuera en los juicios de Nuremberg de 1945-1949, los juicios de Majdanek de 1944-1981, los juicios de Jerusalén de 1961, o incluso los juicios de Auschwitz de 1963 a 1968, en Frankfurt.
Si bien en la década de 1970 hubo una gran atención puesta en los perpetradores de los crímenes, por ejemplo, en el ex oficial naval Karl Dönitz, uno de los acusados en el juicio de Nuremberg contra los principales criminales de guerra, un amplio debate social no se desencadenó en Alemania hasta 1979, cuando se emitió la serie de televisión estadounidense "Holocausto".
A partir de entonces, los relatos de testigos presenciales se escucharon con mayor frecuencia, no solo por el público, sino también por los historiadores.
Sobrevivientes como Margot Friedlwnder, Anita Lasker-Wallfisch y Esther Bejerano se convirtieron en autoridades morales porque testificaron para refutar una historia falsa del Holocausto creada por círculos de derecha.
Los historiadores son conscientes de las grandes dificultades que entraña la evaluación de los testimonios de testigos presenciales. Estos contienen información valiosa, clasificaciones importantes, pero también presentan algunos obstáculos. Por ejemplo, el conocimiento de los hechos a veces no coincide con los recuerdos de los testigos. La memoria es falible y, además, los testigos y sus testimonios pueden ser manipulados en determinadas circunstancias.
Para combatir el abuso, se necesita una comprensión más amplia. Esta es otra razón por la que la exposición también aborda la cuestión del papel que el público, los oyentes o las instituciones asignaron a las víctimas. Analiza las intenciones de los testigos presenciales y, al mismo tiempo, cuestiona la posibilidad de que las entrevistas sean manipuladas, el papel de los entrevistadores y las expectativas sociales.
Para la exposición se realizaron nuevas entrevistas con supervivientes del Holocausto: además de grabaciones seleccionadas, también se pueden escuchar las versiones íntegras de las entrevistas originales. De este modo, la exposición busca concienciar sobre el hecho de que los fragmentos pueden no ser del agrado de todos y que su aceptación depende en gran medida del propósito para el que se utilicen.
La exposición no puede ofrecer esta respuesta, pero deja claro el estrecho vínculo entre la memoria y su contexto social. La conmemoración actual del Holocausto está influenciada por diversas perspectivas, algunas de las cuales se presentan en la exposición. Entre otras cosas, permite que los jóvenes expresen su opinión en entrevistas. Por ejemplo, Artur Bakaev, un berlinés de 31 años originario de Tayikistán, critica que aún hoy se retrate a los judíos como víctimas. La memoria se instrumentaliza, afirma. «Se supone que debe servir a un propósito, para justificar de alguna manera a Alemania o lo que sea, y las personas en cuestión no son realmente vistas ni escuchadas». La exposición también apunta a un futuro incierto: las generaciones más jóvenes escucharán las voces de los fallecidos, pero aún tendrán que encontrar sus propias respuestas. /DW